Los luthiers en el Perú

Reportaje por Ghiovani Hinojosa Navarro

Un rockero diseña su propio bajo, ahora es el mejor constructor de guitarras eléctricas del país. Una familia apuesta por el noble oficio de la luthería. Un guitarrista se embriaga de su instrumento, lo besa y respeta. Éstas son las memorias de un olvidado arte peruano, porque también importa quien fabrica en silencio el alma de un músico: su guitarra.

Uno de los episodios más determinantes en la historia del Perú fue la Conquista, pues generó una inevitable mezcla entre dos cosmogonías: la indígena y la occidental. La influencia que ejercieron los españoles en territorio nacional no sólo abarcó el campo de lo tecnológico, sino también lo cultural y artístico. Así, costumbres, religiones y manifestaciones musicales fueron impuestas y, a la vez, sufrieron fuertes modificaciones por parte del mestizo que no se olvidaba que era peruano y que su realidad era nueva. En este contexto, se introdujo la guitarra y con ella los artesanos que la fabrican. El oficio de los luthiers es parte ya del mismo Perú y trae consigo viejas tradiciones, mestizajes y dulce olor a madera. Luchan contra la fabricación de instrumentos en serie y diseñan en silencio lo que en bulla y ante públicos será la guitarra que suene, el violín que chille o el charango que llore. Acústicas o eléctricas, de caoba o ébano, estas piezas guardan en su acabado el alma de su creador.

Una familia con tradición
Cuando Julio Enrique Falcón Salcedo recuerda que pertenece a la familia de luthiers más conocida del Perú, parecen brillarles los ojos. Músico, empresario y constructor de instrumentos musicales de cuerdas, es hijo predilecto de Abraham Falcón García, la máxima referencia en luthería nacional. “Nací en la viruta y el aserrín, en una casa de constructores de guitarras y siempre estuve familiarizado con la rutina del trabajo”, expresa en su taller de La Victoria, Lima, donde los diplomas y premios abarrotan las paredes y las dotan de aspecto festivo. Su padre, un ayacuchano que en su juventud se estableció en Ica, inició toda una tradición familiar, que pronto sería reconocida por los más selectos músicos. En 1946, construyó su primera guitarra con madera del río y la vendió por 15 soles. Hoy sus damas pueden costar más de 3 mil dólares. Movido por su inmenso amor a la luthería, “enseña” el oficio a sus hermanos e hijos. Las comillas tienen razón de ser en lo que señala Julio Falcón, el menor de sus hijos, quien ahora dirige los rumbos de la prestigiosa empresa familiar: “Mi padre nunca me enseñó, pero yo aprendí de él. No era necesario que me diga ‘Oye, haz esto’, juzgaba si estaba bien o mal y yo lo mejoraba”. La sabiduría y genialidad de Abraham Falcón, ferviente creyente católico, lo llevó a situarse en 1987 como tercer mejor luthier del mundo en un concurso realizado en Francia. Ahora, su hijo se muestra orgulloso y frunce el ceño cuando le preguntan si su papá sigue haciendo guitarras. “Tú le quitas la mano, le quitas la vida”, dice rememorando los 60 años de trayectoria de esta familia que, además de mantener vivo el legado del líder, se organiza como una auténtica industria musical. Hermanos y primos, juntos o separados, continúan con la vieja tradición del maestro Falcón. Es ya tarde y se apresura en jurar que el secreto de sus guitarras está en la estructura interna. Julio Falcón tiene que seguir convirtiendo maderas brutas en bellos instrumentos. La empatía que permite leer su mirada permite despedirse de él.

También hay eléctricas
Carlos Ganz sube al escenario. Su guitarra eléctrica -hecha por Antonio Huamaní- le da confianza. Confianza y el sonido que siempre quiso. La escena se repite en cada concierto de “La Pira”, su banda de rock. “Huamaní tiene la experiencia necesaria para trabajar al detalle una buena guitarra”, dice mientras recorre con la mirada los brillantes clavijeros de su dama. Él –así como muchos músicos profesionales- optó por tener un instrumento único, construido con la calma y nobleza de un luthier. Es que cada guitarrista tiene necesidades distintas y este viejo arte las sabe atender. “El luthier es quien mejor atiende los distintos requerimientos físicos y de ejecución del instrumento”, expresa noble Raúl García Zárate, prolijo representante de la guitarra andina ayacuchana. Pero no todo es color rosa. También el trabajo escasea. Por ello, fabrica otras piezas de madera. “No hay un mercado tan grande (de guitarras) como para vivir de esto”, señala.

De la nada
“Siempre que hago un instrumento lo hago pensando que es para mí”, dice Antonio Huamaní mientras mira con amor el diapasón que lija. Amante de la música, este tenaz ayacuchano ingresó por casualidad en el difícil oficio de constructor de guitarras. “Quería un bajo y no podía comprármelo”. Entonces, aprendió a hacerlo. Pero no todos pasan de necesitar un instrumento a ser el mejor constructor de guitarras eléctricas del país. Hay una gran brecha que tiene varios nombres: dedicación, amor y ebanistería. Sí, a este luthier le sirvió mucho su profundo conocimiento de la madera –o arte ebanista- para trabajar sus guitarras con tanto detalle y precisión. Además, recalca que en esta actividad se debe ser muy objetivo. “Puede venir uno que hace música andina como uno que toca heavy metal”. Por su inmenso taller de Zárate han pasado los más selectos músicos: William Luna, Gaia, Zen, Leusemia y Agustín Rojas son sólo algunos de sus afamados clientes. Y Carlos Ganz, que ahora no deja de besar y parlotear de su guitarra. “Mi guitarra Huamaní se porta como una mujer experimentada”, añade. Antonio Huamaní sigue lijando el diapasón de su dama negra. Pero no deja de hablar. “El cliente viene con una idea y tengo que plasmarla en el instrumento”. El ritmo entrecortado de sus palabras delata el desgaste físico que produce el oficio. Comenzó fabricando guitarras eléctricas e incursionó en las acústicas hace un par de años. Al principio, copiaba de forma perfectamente fiel los más complejos modelos extranjeros –razón de su éxito primigenio-. Luego, desarrolló su propio modelo, la marca Huamaní. Ahora le brillan los ojos: recuerda que sus damas se venden en el exterior. “Salen acústicas y eléctricas”, dice. El día se acaba y recibe indicaciones por el celular, se disculpa y sale apurado. Hay que entregar un instrumento. Lo que no dijo lo dirá en cada traste que fabrique o en aquel diapasón que quedó a medio lijar en ese inmenso taller de Zárate.

No todo es rock
Ni instrumentos eléctricos. Al contrario, y como señala Javier Echecopar, la fabricación de guitarras acústicas en el Perú se dio cien años después de la Conquista. Se daba de manera grupal y no había créditos. Ello tras las modificaciones –tamaño y elección maderas con criterios geográficos- que experimentó el instrumento en territorio nacional. Esta tendencia social cambió el siglo pasado, con el advenimiento de nuevas ideas foráneas. Ahora se conocen buenos nombres de luthiers –Emilio Huertas, Federico Fajardo, Rómulo Alaluna, Daniel Moncloa, Américo Sánchez, entre otros- y empolvados emporios dedicados a albergarlos. Como la Plaza Dos de Mayo. David Huamán –descendiente de una gran familia de artesanos- tiene su local propio en la zona más alejada del mercado artesanal de Dos de Mayo. Al contrario de Antonio Huamaní, aprendió el oficio de su padre y jura que el secreto de una buena guitarra está en la calibración. “Aprendí en Collique, con mi familia. Ahora me he abierto. Acá fabrico y reparo”, dice con timbre nostálgico, mientras muestra su última producción. Anochece y tiene que volver a su casa, en San Martín de Porres. A pesar de no parecerlo los luthiers también tienen casa.